beat sterchi


Reportaje sobre Honduras C.A.

Publicado en REPORTAGEN – 13/Nov.2013
Beat Sterchi dejó su corazón en Honduras.
Después de cuarenta años vuelve a un país deteriorado.

Traducción: Juan D. Pineda

Cuando se lee poco se dispara mucho. FARSH
(Pintada en un muro de Tegucigalpa, Honduras)

Macondo

Tegucigalpa despierta a la luz del día. En mi recuerdo eran los gallos y perros los primeros en anunciar la mañana, ahora es el ruido del tráfico el que la anuncia. Poco después de las cinco arranca el estropicio de los coches. Enseguida nos damos cuenta que hacen un ruido ensordecedor y que se mueven muy lentamente. Aquí no se conduce, aquí se toca la bocina por las calles estrechas. Por la ventana del hotel se ve también ahora la imagen de un desastre arquitectónico colosal, una imagen que a nuestra llegada estaba discretamente oculta por los velos de la noche. Y esto no porque Tegucigalpa antes haya sido una belleza, más bien porque esta ciudad se encontraba, hace unos cuarenta años, fuera de la historia y en los años de la famosa Guerra del Fútbol con El Salvador, en tan mal estado, que la prensa internacional informaba sobre bombardeos donde estos no habían ocurrido. Todavía hay en medio de las barbaridades algunos enormes y venerables árboles tropicales: se les encuentra como olvidados en un aparcamiento, polvorientos y fuera de lugar en un cruce de calles. Por lo demás, se pueden ver amplias zonas con todo tipo de construcciones de estilo colonial y romántico. En algunos edificios que se elevan de manera completamente atrevida sobre otros, no se sabe si se encuentran en fase construcción o si están por desmoronarse.
Y ahora que delante del hotel un coche bloquea la calle suenan sin interrupción las bocinas de los taxis. ¡Es un ruido de todos los diablos! ¡Apenas si se puede creer! A esto se suman las bocinas de los camiones atrapados en las callejuelas laterales que como trompetas de vapores retumban en un océano de niebla, luego siguen los aullidos de las sirenas y las motocicletas que buscan en medio del caos un hueco por donde pasar,
con un estrépito semejante a veinte sierras eléctricas que estuviesen trabajando en el cuarto de al lado en su máximo rendimiento. Ya con esto está pintado el retrato de un mundo bastante diferente.
Más tarde cuando yo mismo subo a un taxi, me asombra que no sólo chirrea y suena como un matraca sino que además se desplaza. Está oxidado como una lata de conservas, así mismo abollado y lleno de agujeros. El asiento está tan hundido que me parece sentir el asfalto bajo mi trasero. A través de un agujero bajo mis pies puedo ver cómo se acerca y se aleja. Un bendito parche de reparación no recuerdo haberlo visto. Por supuesto que está agrietado, con cicatrices e incompleto y tiene agujeros tan grandes como un bañera, pero aquí parece que las cicatrices cobran vida y estas bañeras son literalemente tan grandes como una bañera y por cierto sin previo aviso, sin la más mínima señal de advertencia.También los peatones viven de manera muy peligrosa en las muchas calles estrechas del centro de la ciudad. Por lo menos tan peligrosa como en aquel entonces, cuando aún los contados conductores de autos -por causas misteriosas, hacían un deporte al acelerar sus máquinas cuando alguien se atrevía a cruzarse en su camino.
En aquel entonces eran los años 1975 y 1976, dos años en los que trabajé como profesor de inglés. Era el tiempo en que la guerra de Viet Nam llegaba a su final y América Latina se encontraba en su grandioso movimiento y despegue literario al cual yo quería adherirme. Para aprender la lengua asistí a un par de cursos de literatura en la Universidad Pedagógica y estaba dispuesto a sumergirme en la realidad exótica de este país. Y de hecho era extraordinaria. En ese entonces era dicho popular el que Honduras fuera el único país donde llovían peces y el único en el que un barco chocaba con un tren y un avión con un atutobús. En esos años por cierto, Tegucigala estaba guarecida por guitarras, canciones de protesta y cantada por las más lindas melodías, pero también se decía que era la única capital del mundo sin ópera y sin estación de trenes, sin siquiera una escalera mecánica. Había un solo buzón de correo, más o menos una media docena de teléfonos públicos y sólo dos locales con aire acondicionado.Y pululaban de tal manera toda suerte de buscadores de oro, cazadores de cocodrilos, sacerdotes falsos, adivinos, usureros y perros de todo pelaje que Tegucigalpa se comparaba una y otra vez con el famoso Macondo de la novela de García Márquez, Cien años de soledad. Junto con Haiti era uno de los países más pobre del continente americano y respecto a su situación política y económica uno de los más absolutamente desesperanzados. No pocas veces preguntaban los niños si allá de donde veníamos había suficiente para comer. Con sorna se llamaba también a Honduras como la encarnación de la república bananera, y hasta el día de hoy se hace chiste como si fuera algo divertido el que un diputado sea más barato que una mula. El Premio Nóbel Eugene O´Neill, que en sus años mozos se buscaba aquí la vida como buscador de oro, debió haber dicho que para inventar el infierno Dios se sintió inspirado después de crear a Honduras.
Y efectivamente, en una novela cuya acción transcurre en la costa caribe de Honduras, O´Henry, igualmente un autor de éxito a comienzos del siglo veinte, utilizó por primera vez la expresión república bananera.
A mí personalmente lo que más me llamaba la atención en aquellos años eran las enormes diferencias sociales y la absoluta carencia de toda solidaridad. Yo mismo nunca pude acostumbrarme a vivir bien, rodeado por una gran miseria. No podía olvidar lo previligiado que era mientras la mayoría de hondureños y hondureñas por lo contrario carecían de muchas cosas y tenían que arreglárselas con menos de un dólar al día.
Y porque hasta el día de hoy, después de casi cuarenta años de ayuda para el desarrollo, después de casi cuarenta años de programas de ayuda internacionales y proyectos de todo tipo del Banco Mundial, ninguno de aquellos gérmenes de esperanza se ha cumplido, a pesar de todas las reformas y promesas políticas, y porque gran parte de la población en lugar de un dólar al día ahora tiene que sobrevivir con dos dólares, porque después de todo la pobreza no ha cambiado fundamentalmente y porque este año se celebran elecciones, he vuelto otra vez para encontrar una respuesta a la pregunta de por qué esto es así. He venido con un amigo, Juan de Dios Pineda, compañero literario de aquellos años, actualmente radicado en Alemania.


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